Para quien no asistió
Mi investigación nace de una incomodidad vivida en primera persona: la sensación de encierro que generan los espacios escolares. Como docente, pasé años encerrado entre paredes, vigilando recreos delimitados por vallas y organizando la experiencia escolar a través de horarios rígidos. Mi pregunta no surge únicamente de una inquietud teórica, sino de una experiencia corporal y afectiva: si para mí esa arquitectura era hiriente, ¿qué implicaba para los niños y niñas?
A medida que fui profundizando en autores como Foucault, Goffman o Freire, descubrí que aquello que percibía como una anomalía cotidiana era en realidad un legado histórico y político: la escuela ha sido, y en gran parte sigue siendo, una institución disciplinaria diseñada para ordenar cuerpos y gestionar comportamientos. Reconocer esto no implica demonizar la escuela, sino comprender su función social dentro de una determinada racionalidad de control.
La pregunta central de mi tesis apunta a un problema contemporáneo mucho más amplio: ¿somos una sociedad de encierro? Si la respuesta fuera afirmativa, entonces la escuela no sería un accidente, sino uno de sus dispositivos más naturalizados.
Mi intención no es quedarme en el diagnóstico. Si la investigación fuera exitosa —si encontrásemos la mejor respuesta posible a la pregunta— creo que el mundo podría cambiar en dos sentidos fundamentales. Primero, a nivel institucional: podríamos abrir las escuelas hacia el entorno comunitario, flexibilizar los tiempos, democratizar la organización del espacio y eliminar la lógica del cautiverio como norma. Esto implicaría otra arquitectura, pero también otra pedagogía y otra política de la infancia.
En segundo lugar, tendría efectos culturales profundos. Una escuela menos disciplinaria produciría sujetos menos obedientes, menos medicalizados, menos clasificados y menos dóciles; sujetos más críticos, autónomos y capaces de habitar el espacio público. Si los niños y niñas pudieran moverse, jugar, explorar y decidir más, no sólo aprenderían más y mejor: también configurarían una ciudadanía distinta, menos compatible con formas de poder que necesitan vigilancia y reclusión para sostenerse.
En síntesis, mi tesis busca comprender cómo funciona el encierro escolar, pero también imaginar cómo sería una sociedad que ya no necesitara encerrar a sus niños para educarlos. No sé si lograré encontrar una “respuesta final”, pero sí creo que vale la pena hacer la pregunta.
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